Tarántula

Michael T. Dabrowski, 2026 CC BY-SA

Dicen que en el llano no hay nada, pero eso lo dicen los que no han caminado de noche entre las piedras calientes, cuando el viento se queda quieto y uno escucha hasta el propio pensamiento crujir, como si fuera rama seca.

Aquí todo vive escondido.

Hasta la desgracia.

Yo la vi primero en el patio, junto al cántaro rajado donde mi madre guardaba el agua. Era grande, negra, con las patas abiertas como si estuviera rezando sobre la tierra. No se movía. Nomás estaba ahí, esperando.

Le dije a mi madre.

—Una tarántula.

Mi madre no volteó.

—Déjala. También tiene su hambre. En este pueblo todos tienen hambre.

La tarántula se quedó varios días. Desaparecía y luego volvía a salir, como si supiera que aquí nadie se va del todo, que hasta los animales regresan porque no hay otro sitio donde ir.

Mi hermano menor, Esteban, la miraba con esos ojos de niño que todavía creen que las cosas pueden cambiar.

—¿Y si la mato?

—No —le dije—. No se mata lo que ya trae la muerte encima.

No sé por qué le dije eso. Tal vez porque aquí uno aprende pronto que la muerte no llega de golpe. Se va metiendo despacito, como polvo.

Mi padre estaba enfermo desde hacía meses. No se levantaba. Nomás respiraba como si le costara trabajo acordarse de seguir vivo. Decía que le dolía el pecho, pero yo creo que le dolía la vida entera.

El cura vino una vez, miró alrededor, dijo lo suyo, y se fue.

Una tarde Esteban salió descalzo. Mi madre gritó que se pusiera huaraches, pero él no hizo caso. En el llano los niños crecen sin miedo, porque todavía no saben lo que es perder.

Yo estaba sentado en la sombra, oyendo el zumbido del calor. Entonces lo escuché.

Un grito corto.

Como si alguien se hubiera tragado el aire.

Corrí.

Esteban estaba tirado junto al cántaro. Tenía la mano apretada contra el tobillo.

—Me picó —dijo.

Y yo vi la tarántula alejándose despacio, sin prisa, como si el mundo fuera suyo.

Mi madre llegó después. Se arrodilló en la tierra.

—Ay, Virgen Santísima…

Pero aquí la Virgen también está lejos.

Le amarramos la pierna con un trapo, como hacen los pobres cuando no tienen nada más que fe y desesperación. Mi madre dijo que había que llevarlo al doctor del pueblo grande, pero el pueblo grande quedaba a dos horas en burro y nosotros no teníamos burro. No teníamos nada. Sólo el llano. Nomás la tarántula.

Esteban empezó a temblar.

—Tengo frío —decía.

Y el sol estaba encima, quemándolo todo.

Mi padre, desde dentro de la casa, preguntó con voz rota:

—¿Qué pasa?

Nadie le contestó. Porque a veces las palabras no sirven para nada.

La noche cayó rápido, como cae siempre aquí, sin aviso. Esteban respiraba raro, como si el aire no quisiera entrarle. Mi madre lo abrazaba.

—No te me vayas, hijo…

Pero los hijos se van, aunque una los amarre con el alma. Yo me quedé mirando el patio. Y ahí estaba la tarántula otra vez, junto a la puerta, quieta, como si estuviera escuchando. No sé qué entienden los animales. Pero esa tarántula parecía saber más que nosotros.

Antes del amanecer, Esteban se quedó callado. No fue un silencio grande. Fue un silencio sencillo, como cuando se apaga una vela. Mi madre no gritó. Nomás se quedó con los ojos abiertos, mirando el cuerpo como si no pudiera creer que algo tan pequeño, una picadura, pudiera llevarse lo único que todavía era joven en esta casa.

Mi padre murió tres días después.

Dicen que de pena. Yo creo que murió porque aquí todo muere tarde o temprano, aunque uno no quiera.

Después enterramos a Esteban detrás de la capilla, donde ya no cabían más cruces. El cura volvió a decir palabras que se las llevaba el viento.

Mi madre dejó de hablar desde entonces. Se sentaba en el patio, junto al cántaro vacío. Y algunas noches yo la veía mirando la tierra, como si esperara que Esteban saliera de ahí, sacudiéndose el polvo.

Pero nadie sale. Aquí el llano se traga todo. Y la tarántula siguió viviendo. A veces la veo todavía, caminando entre las piedras. Negra. Paciente. Como si fuera el único animal que de verdad pertenece a este lugar. Como si fuera la desolación misma, con ocho patas.

Una nota para los lectores

Estos relatos fueron creados con el apoyo de inteligencia artificial generativa, que utilizo como asistente creativo, del mismo modo que un escritor contemporáneo emplea herramientas digitales para redactar y revisar. Creo que la tecnología, cuando se usa de manera reflexiva, puede ayudarnos a escribir con mayor libertad, explorar ideas con más rapidez y dedicar más tiempo a dar forma a lo que realmente importa: la historia misma.

Todo el contenido final y la responsabilidad del texto permanecen en mis manos, y espero que disfruten la obra por lo que es.