Sin moral ni consecuencias

Michael T. Dabrowski, 2026 CC BY-SA

Durante mucho tiempo creí que el Infierno era simple. Fuego, gritos, un orden moral rudimentario. Una artesanía antigua: la condenación como oficio. Había algo casi reconfortante en su claridad. Uno sabía a qué venía. Las almas llegaban, ardían, desaparecían. No quedaban reliquias. Sólo ceniza y calor, como si el sufrimiento pudiera reducirse a una física elemental.

Pero incluso la eternidad se degrada. Incluso el castigo se moderniza.

No recuerdo el momento preciso en que todo se volvió administrativo, pero sí recuerdo el primer correo electrónico. Porque sí, el Infierno ahora tiene bandeja de entrada. El asunto decía algo como «Actualización de protocolos», y el contenido hablaba, con una serenidad intolerable, de sostenibilidad. Se nos informó que el sufrimiento humano debía alinearse con los estándares contemporáneos, que era necesario reducir las emisiones innecesarias, que la condenación debía volverse más responsable.

Leí el mensaje dos veces, esperando encontrar un chiste oculto. No lo había.

Al día siguiente apareció un consultor. Ahora, siempre aparece un consultor. Llevaba un traje impecable, una sonrisa estadística y esa manera de hablar que convierte lo incomprensible en una presentación de diapositivas. Dijo que el tormento estaba bien, por supuesto, pero que debíamos preguntarnos si era escalable. Tomó notas cuando le expliqué que el Infierno, como lo había concebido Dante, tiene, literalmente, nueve círculos.

Desde entonces, mi trabajo ha dejado de consistir únicamente en consumir almas. Ahora también debo gestionarlas. Las almas se clasifican. Se archivan. Se registran como si fueran residuos. Hay formularios: ingreso, arrepentimiento, potencial energético. Hay métricas. Hay eficiencia. Las almas densas arden lentamente, con una combustión constante. Las livianas se evaporan rápido. Las de los poetas producen una llama dramática, pero desprenden poco calor. Las de los contadores, en cambio, son perfectas: constantes, previsibles, sin chispa.

Las almas de los políticos son otra cosa. No se encienden de inmediato. Primero humean. Producen una cantidad desproporcionada de humo inmoral, una combustión sucia, llena de promesas incumplidas y frases vacías. Son almas difíciles: se resisten a consumirse porque siguen convencidas, incluso aquí abajo, de que todavía pueden negociar. Algunas llegan solicitando una comisión especial, otras exigen una audiencia, otras preguntan quién autorizó su condena.

Cuando por fin arden, no generan calor: generan ruido. Crepitan como discursos interminables. Y dejan residuos. Una ceniza espesa, burocrática, que hay que barrer con cuidado porque tiende a reorganizarse sola en pequeños comités. Por razones estrictamente técnicas, por lo tanto, las almas de los políticos se almacenan aparte y se incineran únicamente bajo protocolos especiales.

Las peores son las almas modernas. Llegan con preguntas. ¿Esto es permanente? ¿Existe un proceso de apelación? ¿Dónde está el supervisor? ¿Puedo ascender a un círculo mejor?

Peor aún, llegan con expectativas. Porque ahora, además de todo lo demás, tenemos encuestas de satisfacción. Cada condenado debe completar un formulario después de sus primeros mil años.

«Por favor califique su experiencia infernal del 1 al 5.»
«¿El tormento recibido cumplió con sus expectativas?»
«¿Recomendaría este círculo infernal a un amigo o familiar?»

Algunos responden con furia. Otros con sarcasmo. La mayoría simplemente marca 3 con resignación.

Una vez leí un comentario que decía:

«El fuego es adecuado, pero el servicio al cliente es deficiente. Nadie explica claramente por qué estoy aquí.»

Otro escribió:

«Esperaba más originalidad. Mucho calor, pero todo es repetición: llamas, gritos, ceniza por todas partes. Uno pensaría que la eternidad daría para algo más creativo.»

Los archivamos, por supuesto. Todo se archiva. La eternidad es, en el fondo, un sistema de almacenamiento.

A veces me preguntan qué es un alma. Los humanos dicen esencia, misterio, luz interior. Yo diría otra cosa: un residuo metafísico que arde. Algo que, una vez reducido a combustible, pierde su poesía y se vuelve infraestructura.

Y ahí está lo verdaderamente inquietante. Porque el Infierno no es sólo castigo. El Infierno, esto casi nadie lo sabe, ha sido también el núcleo térmico del planeta.

Durante millones de años, nuestro fuego profundo mantuvo la Tierra habitable. La vida, en cierto modo, se apoyó en nosotros. El magma, las placas, el calor subterráneo: todo eso era parte del mismo sistema. La condenación eterna como geotermia.

Nunca pedimos reconocimiento. Éramos simplemente un mal necesario. Manteníamos el equilibrio.

Pero entonces llegó la humanidad. Y la humanidad, con su admirable capacidad de arruinar incluso lo metafísico, comenzó a calentar el mundo por su cuenta. Quemaron bosques, quemaron carbón, quemaron petróleo como si compitieran con nosotros. Produjeron un infierno superficial, industrial, sin elegancia. El planeta empezó a recalentarse. Y de pronto nos encontramos en una situación absurda: el calor de abajo y el calor de arriba, sumándose, amplificándose, creando un efecto invernadero desbocado.

Un día recibimos un informe, sellado con URGENTE:

Riesgo de combustión planetaria total.

Lo leí con incomodidad, no con miedo, sino con una humillación profesional.

El Infierno estaba contribuyendo al colapso climático. Nosotros, los expertos en calor, nos habíamos convertido en el problema. Hubo reuniones. Hubo comités. Hubo un memorando que jamás pensé que vería:

Posible cierre temporal del Infierno.

Cierre. Como si la eternidad pudiera suspenderse por mantenimiento.

Entonces llegó la propuesta que era aún peor: transformar ciertos círculos en alojamientos permanentes. Espacios de contención. Un Infierno reconvertido en residencia, no por misericordia, sino por necesidad térmica.

Porque si la Tierra ardía demasiado… no quedaría nada.

Ni ciudades. Ni cuerpos. ¡Ni almas!

El peor escenario no era el sufrimiento eterno. Era la extinción del suministro. La nada absoluta: un planeta quemado, sin nadie a quien condenar. Un Infierno sin combustible. Nos estábamos quedando sin mundo que consumir.

Contemplando las llamas con una lucidez desagradable, comprendí que quizá el verdadero tormento no era arder, sino algo peor: descubrir que incluso las llamas eternas podían volverse provisionales. Que la condenación, de pronto, pudiera depender de una decisión externa, de un cálculo térmico, de una emergencia planetaria. Y ahora, peor aún, la posibilidad de extinguir el propio Infierno.

En ese momento de lucidez, finalmente comprendí que la eternidad no es tan larga, y que el castigo perfecto no son las llamas, sino recibir un correo electrónico que diga:

Estimados:

Para garantizar la continuidad del planeta, la condenación de las almas ha sido suspendida hasta nuevo aviso.
[ ] Marque esta casilla si entiende que el bien y el mal quedan eliminados.

Disculpe las molestias ocasionadas.

Una nota para los lectores

Este relato fue creado con el apoyo de inteligencia artificial generativa, que utilizo como asistente creativo, del mismo modo que un escritor contemporáneo emplea herramientas digitales para redactar y revisar. Creo que la tecnología, cuando se usa de manera reflexiva, puede ayudarnos a escribir con mayor libertad, explorar ideas con más rapidez y dedicar más tiempo a dar forma a lo que realmente importa: la historia misma.

Todo el contenido final y la responsabilidad del texto permanecen en mis manos, y espero que disfruten la obra por lo que es.